Pasaron muchos años. El Caos dominó sin oposición los reinos a su antojo. La venganza de Sigmar se hizo esperar, pero cuando llegó, su furia se sintió en todo el mundo. Durante el tiempo de la dominación del Caos, Sigmar no había estado ocioso. Con su poder y la sabiduría que había dejado Grungni como legado, forjó un ejército de milagros andantes. Aquellos valientes que se opusieron al Caos durante esos tiempos en que solo los necios se enfrentarían a su opresor fueron reclamados por Sigmar en las puertas de su muerte. Su espíritu se alzaba hacia Azyr cuando los tiranos acababan cruelmente con su vida y allí eran transformados en algo más. Pasaron siglos desde que el primero de ellos fue rescatado de las garras de la muerte y su transformación estuvo completa. Todos estos hombres y mujeres tuvieron que soportar el doloroso proceso y una eterna meditación y entrenamiento para poder llevar a cabo una venganza que parecía no llegar nunca. Sin embargo, el día llegó y los cielos de todos los reinos se iluminaron con los rayos de Sigmar. Habían llegado los Eternos de la Tormenta.






